Música en vivo: lujo para pocos

Primera noche de conciertos del festival Boombastic 2023 (Fuente: La Voz de Asturias)
Noa Vilela
Estas semanas resurgió por redes el debate sobre los precios de las entradas dejando claras algunas cosas: la especulación, la privatización de la industria y las condiciones de los conciertos hacen que cada vez acudir a estos espectáculos sea más un lujo que una experiencia.
En los últimos años los conciertos han subido sus precios de forma exponencial, algo que no parece que vaya a parar pronto. Una entrada para ver a Elvis Presley costaba entre 10 y 15 dólares. Ahora una para la gira de Taylor Swift puede llegar a los 600 euros. Aunque sean épocas completamente distintas, pone en evidencia un hecho: ya no todo el mundo se puede permitir ir a un concierto. En 2024 el precio medio por las entradas en España se multiplicó: de 42 a 84 euros en solo 12 años.
Aquellos que sí pueden permitírselo son capaces de pagar cualquier precio con tal de acudir. Y entre los pocos afortunados que hayan conseguido las entradas más baratas, tendrán que conformarse con poca visibilidad, malas condiciones sonoras…
Esta subida privatiza aún más la industria. No solo excluye a clases más bajas y a jóvenes, sino que elimina el carácter popular que tenía la música en vivo. En los años 60, sobre todo con el rock y los festivales, estaba ligada la contracultura, el entendimiento de que es en el público jóven, en el marginado, donde se encuentra el futuro de la cultura popular. En lugar de ser una experiencia cultural y una plataforma reivindicativa, se ha convertido en un negocio a escala masiva. Eventos como Woodstock simbolizaban la paz e igualdad en una época de guerras y desconcierto. Algo que ahora es raro ver en un festival.
Sin embargo, gran parte de la culpa se la llevan las ticketeras. Estas empresas de venta de entradas aprovechan la poca regulación en este ámbito. Se ha decidido que cada concierto vale lo que la gente está dispuesta a pagar. Una forma de hacer esto es con los precios dinámicos. Si un espectáculo genera mucho interés, los precios pueden subir desorbitadamente. Un ejemplo está en el concierto de Oasis, que subió de 130 euros a 350, casi un 270% más. Esto supone un gran abuso y una forma de especulación para los fans. Según la OCU, este tipo de prácticas afectan a los derechos del consumidor. Entre esta subida se añade los gastos de gestión que en algunos casos añaden 70 euros al precio de entrada.
Los artistas justifican que esta subida es paralela a los altos costes de hacer una gira. Últimamente hay mucha más producción en estos espectáculos para hacerlos inolvidables: efectos, invitados, un gran número de personal… Sin embargo, los precios subieron incluso en actuaciones que no tienen tanto tecnicismo. Además, gran parte de este dinero es para los promotores, no para el equipo técnico. Otros pueden pensar que los artistas usan los conciertos para contrarrestar la pérdida de otros productos como los discos. Pero de nuevo, no debe recaer en el consumidor el cambio en la forma de monetización.
Debemos crear un sistema de regulación de venta de entradas que permita que se haga de una forma más equitativa. Aunque no se pueda negar que esta subida sea fruto natural del mercado, no podemos caer en decisiones que solo benefician a unos pocos. La música debe ser cultura, no un reflejo de desigualdad.

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