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El papel de la cultura en el mundo de la inmediatez

Daniela Taboada
21 abr
3 min de lectura

Actualizado: 22 abr


Joven atrapado entre dispositivos y estímulos, reflejo de la cultura de la inmediatez

¿Cuándo fue la última vez que acabaste una película?


A día de hoy, son muchos los que aseguran su incapacidad para ver una película completa. Mantener la atención durante más de una hora es, para ellos, un gran desafío al que se enfrentan adelantando escenas e incluso acelerando la reproducción. Este fenómeno tiene una explicación mucho más sencilla de lo que pueda parecer. Lo cierto es que la impaciencia humana ha determinado, de forma significativa, la escena cultural.


Optimizar nuestro tiempo se ha convertido en el principal objetivo de nuestro día a día. Por ejemplo, en la actualidad, ir al cine es una actividad en peligro de extinción. Simplemente desplazarse hasta allí supone una pérdida de tiempo para el espectador, al que se le ofrecen soluciones mucho más inmediatas y variadas en las plataformas de streaming. Algo que puede parecer inofensivo es, a los ojos de cineastas como J. A. Bayona, propio de un momento donde todo es rápido e indoloro, donde el valor de la espera es casi inexistente.


La denominada “cultura de la inmediatez” no solo afecta a los procesos de consumo, sino que también la actividad creativa se ve influenciada por la impaciencia humana. La industria musical, que ha sido una de las mayores afectadas por este fenómeno, sufre las consecuencias de su pleitesía constante hacia las exigencias del espectador. Cada vez escuchamos más canciones breves, repetitivas e incluso algorítmicas, piezas que podemos asimilar de forma casi instantánea. En octubre de 2025, el cantante español Leiva declaraba en elDiario.es lo siguiente: “Si tenemos que adaptarnos a la paciencia del ser humano, estamos muertos, porque las canciones durarían 35 segundos”.


La gravedad del asunto reside en la depreciación del valor individual de cada obra. El hecho de seguir una serie de patrones condescendientes con el público conlleva a la homogeneización de la cultura. De seguirse a “rajatabla” esta tendencia, acabaríamos viendo todos la misma película, escuchando las mismas canciones y leyendo los mismos libros, todo de una forma tan rápida e inmediata que nos sobraría aquel tiempo que tanto añoramos.


Esto tampoco es algo nuevo. Desde siempre, la cultura y los formatos han ido adaptándose a las necesidades y modas del momento, pero la diferencia fundamental, en esta ocasión, es que por primera vez en la historia esta tendencia es recesiva.


Hasta el momento, el ser humano ha progresado y avanzado en su capacidad intelectual, lo que ha provocado que la obra cultural se haya ido perfeccionando con los años. No obstante, hemos debido alcanzar tal nivel de perfección y precisión que, ahora, solo podemos retroceder. Porque dirigirse hacia la inmediatez es sinónimo de abocarnos a un mundo cultural de simpleza.


Así pues, surge la duda: ¿es realmente cultura lo que consumimos, o es el gen de una idea reducida a la manifestación más simple de todas las posibles?


Puede ser que la sobrecarga laboral nos haya traído hasta aquí. La sensación constante de agobio puede haber sido la culpable. Al final del día, solo podemos destinar nuestros ratos libres a la cultura, y aun así pretendemos hacerlo en el menor tiempo posible. Entonces, ¿para qué consumimos cultura? La idea del entretenimiento queda completamente descartada cuando nuestro principal objetivo es acabar lo antes posible. Puede ser que no disfrutemos de ella, que lo hagamos para que nos vean. ¿Pesa más parecer culto que serlo?


No hay un único culpable ni una causa única, pero sí hay un problema: la cultura se convierte en una víctima más de nuestro estilo de vida. En esta vida apresurada, nada ni nadie puede salir indemne.

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