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Internet no mató a la TV, la hizo más omnipresente

Ismael Romero
21 abr
3 min de lectura

Decir que la televisión ha sido superada por internet y que ha muerto es algo habitual sobretodo en la conversación digital; parece algo revolucionario y lógico con el paso del tiempo, pero es falso, no ha muerto, está más viva que nunca y ha colonizado internet convirtiéndolo en una versión más agresiva, con menos filtros y control y mucho más opaca de sí misma.


La teoría de la cultura de la convergencia, de Henry Jenkins, habla de que los medios no se destruyen entre sí, sino que se transforman mutuamente. El problema viene cuando nos damos cuenta que esta transformación, lejos de abrir posibilidades para la emancipación en cuanto a contenido y formatos, ha reforzado las dinámicas más cuestionables de la televisión.

Desde sus inicios, internet se nos ofreció como un espacio democratizador donde cualquiera podía producir, participar e influir, de alguna manera era cierto, pero esa promesa se ha ido erosionando a la vez que las plataformas digitales consolidaban su poder. Hoy en día hablar de horizontalidad resulta irreal. Las redes sociales no son terceros espacios, no son plazas públicas en las que hay libertad sino espacios altamente controlados por algoritmos y grandes corporaciones.


El cambio más evidente es el de los hábitos de consumo, ha desaparecido la parrilla televisiva, ha sido sustituida por un consumo constante, sin horarios y muy individualizado. Parece un avance positivo pero el precio a pagar ha sido pasar de ver la televisión en momentos concretos a vivir sumergidos en ella de manera permanente.


“El móvil no nos ha liberado del modelo televisivo, sino que lo ha amplificado”


Los contenidos dominantes del ecosistema digital no suponen una ruptura con el pasado sino que reproducen, a menudo ampliando las lógicas más cuestionables de la televisión tradicional, morbo, sexualización, sobreexposición y búsqueda incansable de impacto inmediatos; tan criticadas en su día, que ocupaban una franja de la noche o madrugada y que ahora aparecen en el centro de la conversación. La figura del influencer como abanderados de la nueva era de la información, tampoco escapa a esta lógica; alejado de representar una verdadera democratización, el influencer funciona como una pieza más del engranaje que jerarquiza la comunicación. Cambian caras y perfiles pero no dinámicas, unos pocos concentran la atención mientras la gran mayoría consume, elproblema es que ha pasado de estar regido por cadenas de televisión a algoritmos invisibles y secretos. Incluso los formatos más característicos de internet acaban reproduciendo esquemas propios de la televisión, la espontaneidad, cercanía o falta de guión no son una innovación, sino una estética, un estilo más.


La autenticidad pasa a ser una nueva forma de producción diseñada para ganar más atención. Como resultado se nos queda un panorama desolador, un ecosistema muy fragmentado pero no necesariamente más diverso. Pasamos de la monocultura de la caja tonta, a una serie de microtendencias efímeras sin impacto real, que han llegado a nosotros por gracia de un sistema de recomendaciones que premia lo que nos haga estar más tiempo pegado a la pantalla recibiendo impactos publicitarios intermitentes, provocando que el contenido más pormocionado por estos algoritmos sea morboso, indignante o sexualizador en muchos casos.


En este punto, la afirmación de que internet ha mejorado la cultura, es cuanto menos discutible, pero algo que ha hecho sin duda ha sido perfeccionar el modelo televisivo del que intentábamos huir convirtiéndolo en omnipresente, continuo y mucho más complicado de evitar o quedarse al margen. Ya no hace falta que encendamos la televisión, la tenemos todo el día en el bolsillo.Quizá el problema no es que la televisión siga más viva que nunca, sino que gracias a internet, ha conseguido hacer de su lenguaje el único inteligible por las personas, bajo una capa de supuesta libertad, participación y cambio; lo que parecía una revolución ha acabado siendo solo una mutación, y no a mejor precisamente.

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